Niг±a Y Seг±ora -

Elena caminaba por el sendero de su infancia, aquel que olía a pinos y tierra mojada. A sus sesenta años, sus pasos eran lentos pero seguros, marcados por el ritmo de una vida bien vivida. Al llegar al viejo manantial del pueblo, se sentó en una piedra desgastada y miró el agua cristalina.

—Aún me gusta —respondió la señora, sintiendo un nudo en la garganta—. Pero el mundo se ha vuelto más grande y, a veces, más pesado de lo que imaginamos.

Elena cerró los ojos. Por un instante, sintió que la seriedad de sus responsabilidades y los inviernos de su memoria se suavizaban. Al abrirlos, el reflejo volvía a ser el de una mujer madura, pero sus ojos ahora brillaban con la misma chispa traviesa de la pequeña. NiГ±a y SeГ±ora

La niña metió los pies descalzos en el agua del reflejo, agitando la superficie.—No importa cuán grande sea. Yo guardé para ti la capacidad de asombrarte por las cosas pequeñas. He cuidado tus sueños mientras tú cuidabas de los demás.

La niña del reflejo sonrió, una sonrisa sin dientes frontales pero llena de luz.—He estado esperándote. ¿Aún te gusta el olor de la lluvia? Elena caminaba por el sendero de su infancia,

De repente, el reflejo no mostró las arrugas alrededor de sus ojos ni el cabello plateado. En el agua, vio a una pequeña de siete años con las rodillas raspadas y una trenza deshecha. Era ella misma, la que solía cazar luciérnagas en ese mismo lugar. —¿Eres tú? —susurró la Elena señora .

La frase evoca una transición profunda en la vida de una mujer, capturando ese equilibrio entre la inocencia del pasado y la sabiduría del presente. Aquí tienes una historia corta sobre este encuentro: El Reflejo en el Manantial —Aún me gusta —respondió la señora, sintiendo un

¿Te gustaría que esta historia tome un rumbo diferente o prefieres desde una perspectiva poética?